Pere Pozanco

Pere Pozanco

42.195

Un corazón Analógico Corriendo En un mundo Digital

¿Cuánto aguanta un corazón analógico corriendo en un mundo digital?

Marzo de 2024. Hugo corre su primer maratón. Trabaja como ingeniero en KORE, un gigante tecnológico de Silicon Valley con sede en Barcelona. Programa algoritmos que deciden la vida de millones de usuarios mientras la suya deambula a tientas por laberintos oscuros.

Corre como corren las Big Tech: rápido, con ambición, sin mirar atrás.

Próximamente

Septiembre 2026

Lee gratis el primer capítulo y recibe antes que nadie

¿PERSEGUIMOS LO QUE NECESITAMOS O LO QUE NOS DICEN QUE NECESITAMOS?

¿POR QUÉ CORREMOS TANTO? ¿A DÓNDE QUEREMOS LLEGAR?

Un error lo arrastra a una operación que busca destapar cómo KORE diseña productos adictivos para atrapar a sus usuarios. Lleva meses entrenando para algo más que una carrera: derrotar a su rival, un alto directivo de la corporación. Es la primera pieza de un plan que parece imposible. Pero la verdadera razón que impulsa cada zancada es otra. Una herida antigua que esta operación, sin pretenderlo, podría por fin cerrar.

Lo que no cabe en ningún plan es Lucía. Ni su hijo. Entran por la puerta de atrás, sin hacer ruido. Un estorbo, casi, para un hombre que solo tiene ojos para su meta. Convivir con ellos lo devuelve a la pregunta que siempre esquivó. El entrenamiento acaba ofreciéndole lo que no buscaba: 42 kilómetros y 195 metros, la distancia exacta entre quien ha sido y quien quiere ser.

Un thriller corporativo de realismo crudo y sudor orwelliano, escrito por un insider del sector tech. Pero, sobre todo, una historia íntima sobre el amor, la paternidad y la culpa. Sobre encontrar un motivo para empezar de nuevo.

Escenas

bio

Hugo

Me llamo Hugo y soy ingeniero de software. Trabajo en KORE, un gigante tecnológico de Silicon Valley con sede en Barcelona.

Programo algoritmos para persuadirte y conseguir que hagas lo que quiero. O mejor dicho, lo que quieren mis jefes. Y por eso me pagan muy bien. Acabo de cumplir 32 años y mi sueldo superará este 2023 los 100K.

Con mis líneas de código diseño a la persona que querías ser, creo tus costumbres y te recuerdo, inundándote de publicidad personalizada, si lo estás haciendo bien o no.

AUTOR

PERE POZANCO

Llevo 25 años captando y fidelizando la atención de las audiencias online. Sé cómo se inoculan esos hábitos. 

Me asomo a las salas acorazadas de las grandes corporaciones de Silicon Valley por las rendijas que me abre mi amigo de infancia, directivo en varias de ellas durante dos décadas. Ha validado cada línea.

He respirado en el kilómetro 28, en el 35, en el 40… Hasta la meta.

Con 19 años entré a una clase de Alberto Blecua en la Autónoma de Barcelona. Me descubrió el Quijote. He cambiado de casa, de trabajo, de pareja, de ideas. Me he hecho viejo. De aquella clase no me he movido. Todo lo que soy se escribe desde allí. También esta novela: 42.195, la distancia más larga que he corrido.

bio

Hugo

Me llamo Hugo y soy ingeniero de software. Trabajo en KORE, un gigante tecnológico de Silicon Valley con sede en Barcelona.

Programo algoritmos para persuadirte y conseguir que hagas lo que quiero. O mejor dicho, lo que quieren mis jefes. Y por eso me pagan muy bien. Acabo de cumplir 32 años y mi sueldo superará este 2023 los 100K.

Con mis líneas de código diseño a la persona que querías ser, creo tus costumbres y te recuerdo, inundándote de publicidad personalizada, si lo estás haciendo bien o no.

Autor

Pere
Pozanco

Llevo 30 años captando y fidelizando la atención de las audiencias online. Sé cómo se inoculan esos hábitos. 

Me asomo a las salas acorazadas de las grandes corporaciones de Silicon Valley por las rendijas que me abre mi amigo de infancia, directivo en varias de ellas durante dos décadas. Ha validado cada línea.

He respirado en el kilómetro 28, en el 35, en el 40… Hasta la meta.

Con 19 años entré a una clase de Alberto Blecua en la Autónoma de Barcelona. Me descubrió el Quijote. He cambiado de casa, de trabajo, de pareja, de ideas. Me he hecho viejo. De aquella clase no me he movido. Todo lo que soy se escribe desde allí. También esta novela: 42.195, la distancia más larga que he corrido.

Amor

Capítulo 5: Correr

—Hablemos del tema.
—¿Qué tema?
—El móvil de tu abuela. Lo he visto.
—¿Lo viste? Has tardado en preguntar.
Lucía saca del bolso un móvil antediluviano, de concha, como los que usan los mayores. No puedo evitar bromear sobre sus teclas enormes y su pantalla diminuta. Me explica que en el banco usa un móvil de empresa, pero que al salir del trabajo prefiere desconectar. Quiere una vida más analógica, más sencilla, preinternet. Pasarse a uno básico fue parte de ese cambio: solo llamadas y SMS.
—Vivo mejor. Mi vida es más tranquila ahora. Con el smartphone todo eran latigazos de atención: mails del trabajo, redes, whatsapps. Un desgaste. Dije basta. Quiero que mi vida sea mía. No de las empresas que hay detrás.
—¿Vivir sin tecnología? —pregunto, escéptico.
—Soy consciente de que hay cosas buenas en la tecnología. Y algunas las uso. Pero no quiero la dependencia de antes. Hay algo oscuro en el enganche. Me desestabiliza. Quizá solo soy una nostálgica, pero… ¿qué hay de malo en aburrirse? ¿En hacer las cosas con paciencia, sin pantallas? ¿Qué hay de malo en leer un libro o escuchar un disco entero de los noventa sin que nada te interrumpa? ¿O en volver a escribir cartas? Ya nadie abre el buzón con la ilusión de recibir una. Solo facturas y publicidad. ¿No te parece trágico? A mi hijo le digo que hay una epidemia de zombis enganchados al móvil. No quiero que se convierta en uno.
—¿Quieres que tenga tus miedos?
—O mi criterio. No son cosas distintas.

(…)

Al salir del restaurante, Lucía llama a la canguro. Se aparta unos metros para hablar. Me quedo en un banco frente al mar. Las risas se apagan. Queda la confusión, y el remordimiento. ¿Cómo se drena la culpa? A veces alguien, sin proponérselo, te muestra algo de ti que no sabías ver. O no querías ver. La miro hablar: le brillan los ojos en la penumbra. Cuelga, cierra la tapa del móvil con un chasquido y se acerca. Caminamos por el paseo marítimo hacia el Born.
—No he mirado la pantallita en todo el rato.
—Gomet verd. Ets un nen gran.
—Con tu troncomóvil es más fácil. No hay distracciones.
—El grupo del cole era lo peor. «¿Hay deberes para mañana?», «Noa está malita», «Los de P4 tienen piojos», «Mi hija ha llegado con una chaqueta azul, ¿es de alguien?». Aquello era kriptonita, me chupaba la energía… Algunas madres mandaban fotos de sus vacaciones. O del día de su boda. ¿No tienes amigas? ¡A mí qué me importa! Una hizo un directo haciéndose una liposucción.
—¿Desde el hospital?
—Desde el quirófano. Un detallazo del marido. Se veía salir la grasa por los tubos.
—Joder.
—Casi vomito. —Se ríe—. También soy la más joven del grupo y hay cosas que me quedan lejos. Por suerte María, una madre de la clase, me pasa lo importante por SMS. Y casi no hay padres, por cierto. Como si el día a día no fuera cosa vuestra. Hoy toca gimnasia, ponle ropa de deporte. Llega Halloween, compra el disfraz de payaso asesino. Se pone malito, dale el Apiretal. ¿Cuántos mililitros le tocan por su peso? Os pensáis que a las mujeres nos injertan un chip en el culo al nacer, con toda esa información dentro. Pues no. Nadie me lo enseñó. He tenido que dedicarle tiempo.
—Es un tema evolutivo.
—¿Evolutivo?
—Las mujeres sois seres superiores en logística —bromeo.
Lucía aparta la mirada.
—No, en serio. Te entiendo —me apresuro—. Tienes parte de razón. Pero durante miles de años los hombres hemos salido a cazar con la lancita y vosotras os quedabais en la cueva con los niños. Hay un legado evolutivo. Eso no se cambia en dos generaciones.
—¿Al puto patriarcado lo llamas legado evolutivo?
—Dicho así parezco un carcamal.
—Momento evolutivo: quiero arreglarlo. Y sí, suena a carcamal.

(…)

—Como ves, soy un cliché. Me descartarían para cualquier serie por aburrida.
—Yo para protagonista no doy. Para secundario sí.
—¿De friki?
—De tarado atormentado por su pasado.
—Otro cliché.
—El taradito atormentado siempre vende. ¿Quieres venir a mi mazmorra y lo compruebas?
—¿Qué hago con mi hijo?
—¿No lo has solucionado llamando a la canguro?
Lucía me mira, atónita. He acertado. Le sostengo la mirada. Noto la nuca tensa, el hormigueo que aviva el alcohol.
—¿Nos vamos a mi casa? No voy a intentar nada.
—¿Seguro?
—No hay química entre nosotros. Hace frío. Seré tu manta eléctrica.
—No sé. Hay mucho loco suelto. Tampoco hace tanto frío.
—Nada de punzones bajo la cama, I promise.
—No te conozco.
—Así me conoces.

(…)

Tomamos un taxi sonámbulo hacia mi casa. Nos besamos en cada semáforo en rojo y en cada esquina ciega como si fuera la última. Al cerrar la puerta, todo se desordena.

RUNNER

Capítulo 15: Sebas

Son las 6:15. Llego puntual a la Plaza España. Junto a una de las torres venecianas, diviso a Sebas esperándome. Tras el saludo, deja claras sus reglas antes del primer entrenamiento.

—Si crees que voy a enseñarte algo que no esté en internet, te equivocas. No te diré nada nuevo. Te diré lo que ya sabes, pero ordenado. Con mi estilo cromañón —hace una pausa—. Disciplina y dolor. Recuérdalo siempre: disciplina y dolor. Aprendes a través del dolor, no pese a él. El dolor tiene valor. Hoy la gente lo esquiva, y es un error. En el entrenamiento y en la vida, el dolor siempre llega. Tienes que aprender qué te dice y cómo afrontarlo. Luego se va. Siempre se va. Y cuando desaparece, si has aguantado, llega la mejora. Por eso se trabaja el umbral. No se fuerza. Se sube poco a poco, entreno a entreno. Sin gilipolleces, sin atajos. Disciplina. La disciplina te salva cuando vas a fallar. Te sostiene cuando piensas en dejarlo, cuando te dices que eres una mierda, cuando no encuentras ningún motivo para seguir adelante. Si sabes lo que quieres y lo persigues, la disciplina te ayudará a alcanzarlo. ¿Queda claro?

—Queda claro. Disciplina y dolor. Y estilo cromañón. 

Mi broma no le hace gracia a Sebas. 

—Niñato, soy del Hospitalet, el Birmingham de Barcelona. Y a mí no me vacila ningún carapolla.

(…)

Sebas anuncia que terminaremos en la Fuente Mágica de Montjuïc. Pero antes de llegar toma un desvío a la derecha.

Ante nosotros se alzan los 200 escalones del Passeig Jean Forestier, cada peldaño incrustado de azulejos azules y dorados. Arrancamos juntos. Sebas toma la delantera desde el primer tramo. A ambos lados, las fuentes murmuran. A mitad de la escalinata, la respiración se desordena y las piernas empiezan a fallar. Reduzco el paso. Sebas, ya cerca de la cima, dispara:

—Ahora es cuando cuenta, cuando duele.

Sigo subiendo, el ritmo cae. Las piernas pesan el doble. Desde lo alto:

—No busques excusas.

El último tercio lo hago andando. Cada escalón exige convencerme de dar el siguiente. Cuando llego arriba, Sebas no dice nada. Me observa un instante y echa a andar.

BIG TECH/ IA

Capítulo 1: Sé quién eres

Las oficinas de KORE están varadas en el 22@, la zona tecnológica de Barcelona donde se instalan startups, aceleradoras de negocios y rondan los inversores de capital riesgo. Ocupa 6 plantas en un edificio de acero y cristal que se recorta sobre el mar Mediterráneo. Ping pong, billar, terraza con vistas, hamacas, pufs… visten el interior de una oficina pensada para retener a sus ingenieros. Los más brillantes cuestan caro y escasean. Pero más allá de los sueldos de 6 cifras, la comida gourmet, el masaje y el gimnasio gratis, nada los fideliza como vender una misión más moral que empresarial. Una misión que gritan a cada paso los eslóganes labrados en las paredes.

(En inglés, con desafiante caligrafía.)

No sueñes el futuro de otros, créalo tú mismo

Mañana es tarde, queremos hacerlo hoy

Inteligencia artificial para mejorar el mundo real

¿Cómo no te vas a sentir importante cuando has sido elegido para salvar el mundo? La Inteligencia Artificial es nuestro Dios que todo lo sabe y todo lo crea. Una explosión de creatividad para ensayar un futuro inaudito. Es la fe que refunda el concepto de imposible y hace posible el Edén por estrenar forjado a golpe de bots y algoritmos. Eso nos inculcan en KORE. Somos los elegidos. Los nuevos Prometeos del desarrollo tecnológico. Los frikis devotos de la informática. Estamos aquí para mejorar la especie, para extender nuestra cultura, para tocar la eternidad. Y a base de repetir estos chutes de ego con fiebre apocalíptica, gran parte de los ingenieros acaban creyéndoselo. Aunque otros más agnósticos, como yo, fingimos que nos lo creemos mientras siga cayendo el pastón a final de mes, las stock options en un futuro y la posibilidad de seguir progresando dentro de la empresa.

Suspense

Capítulo 4:  El queso y el ratón

Antes de torcer por el Carrer de les Carretes, freno. Un tipo corta el candado de una bicicleta de carretera. Mira a su alrededor y me descubre. Sube de un salto y arranca. Cediendo a una pulsión, me pego a su rueda. Mira atrás. Ahora lo entiende. Voy a por él. Tuerce en seco en la siguiente esquina. No le pierdo. En las rectas se aleja; en los giros le recorto. Aprieto. 

Cazar a la presa requiere precisión y paciencia. Ceñirse a un plan. Es importante que tu presa sepa que, aunque sea más rápida, no vas a rendirte. Es importante que sepa que no vas a parar hasta atraparla. Es importante que sepa que tienes una estrategia, pero que no la adivine. Conozco el Raval palmo a palmo. Si alcanza las avenidas del Eixample, lo pierdo. Mientras siga por estas arterias sucias, es mío. Cuando le quedan pocos giros para escapar, le fuerzo a virar hacia el corazón del barrio. Quiero que se canse, se desmoralice, se desespere. Quiero que cometa un error. Que caiga. Que quede a mi merced.